Felpudo


Cuando miró el reloj era la 1 am, la luz del velador se apagó sola y la tele también. Miró por la ventana y los balcones de enfrente estaban todos apagados, los faroles de la calle coincidieron en el evento, se había cortado la luz, muy conveniente para estos momentos, ¿qué carajo iba a hacer a oscuras, sin internet, sin tele y con poco sueño?

Con los datos del celular atinó a encontrar un pdf de la última novela erótica de Sasha Grey. Esa mina sí que la tenían clara, hasta con la bombacha de algodón más vieja del cajón se veían sexis. Desde el sillón, a oscuras, con el celular encima de los ojos, tapada con un edredón ni muy pesado ni muy grueso, Agustina leía y se imaginaba toda la situación planteada por la novela:






Se quedó dormida con el celular en la cara, se despertó dura de la contractura, con el sol entrando por la ventana, se veía el cielo celeste, y muy pocas nubes. Era temprano, tipo 8 de la mañana, las ventanas de los balcones vecinos estaban todas cerradas, la mayoría tenía las cortinas tapando los interiores y la ventana que le interesaba más, también. La luz había vuelto, el módem tenía señal y podía prender la tele, pero no le importó mucho enchufarse de nuevo a todo eso. Puso algo de música, hacía tiempo que no se daba ese espacio. Encendió la estufa y prendió la ducha. Antes de que el baño se llenara de vapor, inspirada por Sasha, se miró al espejo y vio su pubis poblado de rulos castaños. La verdad es que nunca se había depilado con constancia, nada más que para las vacaciones en Pinamar con la familia. No le prestaba atención a esos detalles, este parecía el momento justo para incursionar en un cambio capilar. Sonrió mirándose al espejo y todas las ideas se alinearon. Agarró la maquinita de afeitar y sentada en el inodoro, contorsionandose, se afeitó, con un miedo terrible de cortarse y lastimarse, pero cuando terminó con la tarea ¡se sintió bien! Se veía rara, mientras se bañaba no pudo evitar rozar sus dedos con la zona recién afeitada, un escalofrío le recorrió la espalda y se acordó del vecino, tan masculino mirándola desde su balcón con esa sonrisa pícara, insinuante atrevida. ¡Qué paja tan eufórica y sonora!, descargó todo lo que se había estado callando.

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